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domingo, 25 de marzo de 2018

No creas todo lo que piensas

Desde hace unas semanas, ando dándole vueltas a una serie de procesos que ocurren de manera inconsciente a la hora de procesar la información y las consiguientes consecuencias a nivel afectivo, cognitivo y conductual. Justamente, resida ahí la dificultad de no encontrar una respuesta porque tienen que ver con modelos de representación internos, tanto de uno mismo como de los demás, de los que no somos conscientes que poseemos hasta que los explicitamos. 

Para mí, esa es la clave ¿cómo hacerlo consciente? ¿Cómo sabes que lo estás haciendo consciente?¿Estás participando activamente en hacerlo consciente? ¿Qué significa ser consciente de algo? ¿Que eres capaz de controlarlo, de manipularlo, de manejarlo, de hablarlo, de compartirlo...?

Por ejemplo, a la hora de interpretar los sueños tiene lugar un proceso similar. No estoy participando activamente mientras sueño, o al menos creo que no,  no hago por soñar, sin embargo, el sueño en sí y la interpretación del propio sueño para mí son evidencias de querer hacer consciente algo, aunque ese algo dependa de la interpretación que haga de dicho sueño y el significado que le dé partiendo de mis propios modelos de representación. 

Es extraño porque, partiendo de mi propia experiencia, hago inferencias sobre el sentido que tienen esos procesos pero que no soy capaz de explicitar aunque en parte sí percibir de alguna manera, porque entiendo que son procesos muy sutiles y que requieren de cierta formación para identificarlos y analizarlos. Sé que algo pasa pero no soy capaz de atender al proceso en su conjunto. 

En las últimas semanas, influenciada por las nuevas lecturas que he ido haciendo sobre los estilos de apego infantil y adulto, me planteé muchas dudas respecto a cómo se trata el tema y cómo se ha estado tratando a lo largo de los años. Me di cuenta que independientemente de si partían de una perspectiva evolutiva o social, el apego se entiende como un proceso de construcción del sí mismo y de los demás que permanece inmutable, aparentemente, a lo largo de la vida. Al menos no hay cambios significativos al respecto. 

Me llamó la atención, no tanto desde la perspectiva social como de la perspectiva evolutiva, sobre todo partiendo de lo que yo entiendo como perspectiva evolutiva. Y aunque algunos autores hacen referencia a que las transiciones vitales pueden ser los mejores momentos para que los cambios producidos en los estilos de apego se mantengan a lo largo del tiempo, no hay demasiadas investigaciones al respecto. Algo que me da que pensar en cómo se puede dar sentido a ese cambio, en términos de qué, qué cambios son más esperados. 

Si hay algo que me fascina de todo lo que estoy leyendo es la importancia que tiene a nivel intrapersonal e intrapersonal cada uno de los estilos de apego. Las repercusiones que tienen en la construcción de los modelos de representación internos que generalmente tienen lugar fuera de la consciencia. Cómo esos modelos de representación internos nos pueden condicionar a la hora de percibir y analizar la realidad de manera constructiva o deconstructiva. 

Este es un tema que me inquieta mucho y que hasta el jueves, creo, no conseguí comprender. Porque, para mí, deconstruir es una manera de construir de dar un sentido diferente al que tenías participando en dicha elaboración nueva. Pero los autores lo relacionaban no tanto como deconstruir sino como destruir. Algo que te destruye o te ayuda a destruir algo, a romper algo, a acabar con algo... El jueves leí un punto de vista distinto a los que había leído que tenía que ver con la manera en la que el sistema de apego se podía activar y desactivar (como si tuvieras un interrumpor), se mantenía continuamente apagado o se mantenía constantemente encendido. Es el modelo que más me llamó la atención porque integra los anteriores de un manera simple.

Justamente, los que "tienen el interruptor roto" tienen dificultades a la hora de representar los modelos internos de los demás ("interruptor apagado") y a la hora de representar los modelos internos de sí mismo y de los demás (interruptor encendido). En ambos casos, una desactivación del estilo de apego y una hiperactivación tendrían consecuencias negativas a la hora de interpretar la realidad como ausencia de necesidad de ayuda  o necesidad constante de ayuda. 

De modo que controlar lo que uno piensa dependería de los modelos de representación interna de uno mismo y de los demás que curiosamente operan fuera de la consciencia. Ahora no sé si creo lo que pienso o pienso lo que creo...





sábado, 24 de marzo de 2018

(Buenas) Preguntas durante un proceso de formación/construcción

... ¿Qué tipo de preguntas me he estado haciendo? ¿Por qué esas y no otras? ¿Cómo participo activamente en su elaboración? ¿Soy autónoma haciéndome preguntas? ¿Cómo puedo saber, o llegar a saber, si las preguntas que me planteo son buenas? ¿Qué quiere decir que sean buenas? ¿Que sepa contestarlas , en cuyo caso carecería de sentido plantearme la pregunta? ¿Que su respuesta me lleve hacia donde quiero llegar, sin saber ahora mismo dónde es eso? ¿El momento de la formación en las que me las plantee? ¿Que tengan sentido para mí, qué significa eso? ¿Que la pregunta permanezca a lo largo del proceso ? ¿que esa pregunta me lleve a cuestionarme otras? ¿Cómo diferenciarla de una pregunta mala?...

En las últimas semanas, hay muchas preguntan que me planteo de cara al proceso de formación y de construcción de la tesis que seguramente me tenía que haber planteado antes. Creo que el hecho de que me esté planteando tantas preguntas en este momento es esencial porque me está permitiendo atender a mucha más cantidad y calidad de información respecto a lo que implica la tesis en sí, al menos para mí. Sobre todo porque afecta a la manera en la que me implico en dicho proceso e identifico las carencias a nivel de formación  y elaboración de la propia tesis.

Las sesiones de doctorado de esta semana me han permitido analizar estas preguntas que me vengo planteando desde hace varias semanas de otra manera. El aspecto clave para mí es cómo me relaciono con la tesis en función de las preguntas que me planteo, ya sea partiendo de lo que leo o de las conversaciones que mantengo con mi director y con mi tutor de la tesis. También por un curso online que llevo realizando unas cuántas semanas que me están ayudando a concretar aspectos esenciales de la redacción y concreción del plan de investigación. 

El hecho de poder compartir reflexiones a partir de lecturas propuestas que tenían que ver con aspectos de metodología, análisis y recogida de datos me ayudó a clarificar mi propio tema. Por medio del cómo hacerlo respondí a mi pregunta del qué hacer. Llegar a esa conclusión me llegó a cuestionarme si realmente tenía sentido que la manera en la que realizar la investigación debía influir en el tema que deseaba investigar en sí o si era al revés. Incluso si había más opciones...

Me dio que pensar, y me sigue dando que pensar,...Sobre todo porque ahora veo la investigación como algo tan abstracto e indefinido que no puedo atender a esas distinciones porque apenas estoy comenzando a ver con cierta perspectiva el propio marco teórico y creo que eso me está limitando a la hora de plantear la investigación. ¿Cómo se ha hecho hasta ahora? ¿Cómo lo quiero plantear? ¿Es viable mi planteamiento? ¿Qué pasa si no lo es? ¿Qué significa que sea viable? ¿Que se pueda llevar a cabo? ¿Que sea aceptado y valorado por los demás? ¿Que sirva para ofrecer una perspectiva nueva ante lo que había? ¿Que tenga sentido para mí? ¿Que tenga sentido para mi tutor? ¿Que tenga sentido para mi director? ¿Que tenga sentido para el centro donde quiero realizar la investigación? ¿Que suponga un progreso? ¿Qué significa una limitación?...

martes, 20 de marzo de 2018

Disonancias estructurales

Hoy termino una de las sesiones que más disfruto durante las clases particulares, sobre todo porque no tiene tanta importancia los contenidos en sí  que hemos ido trabajando durante este trimestre en forma de ejercicios, problemas, trabajos, apuntes, esquemas, exámenes... Y ver el proceso en cada uno de mis alumnos, el poder explicitar en parte de una sesión aspectos que puedan estar influyendo en su aprendizaje, y el que compartimos, y que ellos mismos reflexionen sobre su propio proceso es un privilegio.

Recuerdo la primera vez que lo hice. Fue hace unos 3 años cuando noté en una de las clases que la alumna se sentía frustrada por no tener la calificación que deseaba tener en esa asignatura, veía injusto que le hubieran calificado así. A mí me pareció una buena oportunidad para explorar con ella por qué creía que se merecía esa nota y empezó a hacer conexiones con sus experiencias previas  que le había ayudado a generar la expectativa actual que tenía. 

Así que le propuse una actividad que consistía en elaborar una tabla en la que se incluyeran cuatro columnas: asignatura, nota que crees que vas a tener, nota que tienes y mejoras.  nos gustó tanto que, desde entonces,  cada trimestre lo repetimos y repito con mis otros alumnos. 

Después de hacer la tabla y reflexionar sobre el trimestre en general, dedicamos un tiempo a hablar explícitamente sobre nuestra relación. Uno de los miedos que tenía al empezar con las clases particulares es saber hasta qué punto estaba dando respuesta a las necesidades específicas de mi alumna, así que lo vi como una oportunidad de compartir nuestras impresiones positivas y negativas. Las negativas cuestan más al principio, sobre todo si es el o ella quien habla primero, pero si soy yo quien ofrece una valoración negativa es más fácil de obtener otra. No sé el motivo pero para mí es evidencia de que algo está ocurriendo.

Es curioso que tendamos a atender más a los aspectos negativos que los demás tienen sobre nosotros en comparación con las positivas. Para mí tiene sentido porque me permiten reflexionar sobre cuestiones que puede o no que incluya o tenga en cuenta a la hora de llevar a cabo las clases y sobre todo ver cómo ellos lo interpretan y se sienten. 

La semana pasada  y la anterior fueron especiales en ese sentido. Sobre todo porque en el transcurso de esas semanas las cuatro sesiones fueron  muy diferentes  en cuanto a contenido y en cuanto a actitud tanto mía como suya. La primera fue la que trabajamos explícitamente el tema de las calificaciones y le propuse que hiciera un calendario para saber cómo se organizaba a la hora de "hacer los deberes" y "estudiar" y trabajar a partir de ella la semana siguiente y ayudarle a organizarse de otra manera las tardes. En la segunda estaba muy concentrado, uno de los días que más concentrado le he visto e implicado. Durante la tercera estuvimos realizando un calendario semanal con los horarios orientativos para mejorar su gestión de espacios y tiempos dedicados a los deberes, apuntes y repasar. Y en la última su implicación volvió a ascender. 

Uno de los aspectos negativos que me dijo era que le "echaba broncas, pero es bueno porque eso lo haces por mi bien". Intuyo que la bronca del día anterior tuvo efectos en la sesión del día siguiente. Pero a la semana siguiente los efectos se habían pasado. De hecho le dije que le iba a poner un examen y me dijo que no le había dicho nada. Sabía que no era así, pero decidí decirle que durante la semana le iba a poner exámenes, los días que quisiera. Una de las ventajas o desventajas de tenerme como vecina. Al final no lo hice pero porque no me he dado cuenta de hacerlo.  

La cuarta sesión le dije que cuando le "echaba la bronca" se implicaba y concentraba más, así que le dije que igual tenía que hacerlo más veces para conseguir que se concentrara.

¿Qué está pasando aquí? ¿qué diferencia hay entre sus estrategias para relacionarse o no con la tarea y conmigo? ¿es una llamada de atención para que le haga caso? ¿estoy imponiéndole una manera de actuar, de relacionarse con la tarea? ¿por qué decidí actuar? ¿qué me hizo actuar? ¿podía haber actuado de otra manera? ¿actué como consecuencia de sus actos? ¿actuó para complacerme por ser su profesora? ¿actué para complacerle por ser mi alumno? ¿qué nos hace actuar como actuamos? ¿actuamos de la misma manera ante unos que ante otros? ¿por qué?

El hecho de haber estado leyendo sobre estas cuestiones relacionales entre alumnos y profesores desde su propio estilo de apego y ver la posible justificación que tienen estos modelos internos y externos partiendo de los antecedentes causales  y su repercusión en las atribuciones causales, en las emociones, en las expectativas y en última instancia en las conductas, me hacen tener una serie de estructuras nuevas para explicar, organizar y gestionar estas situaciones con mis alumnos y con mis tutores de tesis. Sobre todo porque no actúo de la misma manera si asumo el rol de profesora a si asumo el de alumna. ¿Por qué? ¿Depende sólo del rol que asuma? ¿Depende de la capacidad de controlar la situación, de conseguir cierta estabilidad durante la misma, de mi las causas son internas o externas?¿Dependen de la propia dependencia que cada uno tiene hacia los demás? ¿Depende de la incomodidad en la intimidad? ¿De la confianza que tengas en esa persona? ¿del tiempo que lleves conociendo a esa persona? ¿De lo que sepa de ti? ¿De lo que pueda hacer con lo sabe de ti? ¿De qué?



martes, 9 de enero de 2018

(Des)Conexión

La semana pasada, preparándome para ir a una clase, estuve pensando cómo iba a ser el próximo post, sobretodo teniendo en cuenta los que he ido pensando en las últimas semanas y meses pero...

¿Tú quién eres?

Tu peor pesadilla.

No sabes la razón que tienes. ¿Te atreves a venir por aquí después de más de un mes?

Sí.

No es una pregunta.

Pues revísate la vista  porque lo has preguntado.

Era una pregunta retórica.

Joe, pues avisa.

¿Y cómo lo aviso? Eso se sobreentiende.

Eso lo sobreentiendes tú que lo escribes pero no quien lo lee.

¿Tienes salida para todo?

¿Otra pregunta retórica?

Mira, déjalo. ¿Qué se te ha perdido?

De momento creo que nada, he pasado poco tiempo en el despacho como para poder perder algo. Pero tiempo al tiempo.

¿Eres tonta o algo parecido?

El otro día vi esa película.

¡PARA!

No nos estamos entiendo.

¿EN SERIO?

¿Estás un poco rara o soy yo?

Conversación de besugos.

Ya no sé por dónde iba escribiendo... Ah, sí.

Y es el segundo día de vuelta de vacaciones...

De vaca...¿qué?

Sigue, sigue...

Creo que fue el viernes pasado, cuando saliendo de casa empecé a pensar sobre cómo enfocar las entrevistas que quiero hacer...

La de los profesores.

No, la de los chicos.

¿Ahora son chicos?

Esa es una de las preguntas que debería hacerme pero en un principio serían los dos.

Me he perdido.

Yo también lo estoy, si te sirve de consuelo. La idea que tengo ahora referente a cómo enfocar la metodología es trabajar a partir de los relatos de los alumnos y de los profesores como cada uno de ellos de manera individual primero y después grupal.

Ah... Vale, Vale. Continúa.

Pensaba sorbe todo en los temas que quiero trabajar teniendo en cuenta las distintas perspectivas de los que considero protagonistas...

¿Qué temas son?

Esa es una de las preguntas que debería hacerme pero destaco sobre todo el desarrollo personal, el desarrollo profesional y los niveles de conciencia, teniendo el tema del tipo de relaciones que se establecen entre los alumnos y los profesores.

Ah... Vale, vale. Sigue.

De todas formas aún tengo que leer más...

Como te tengas que leer los cerca de 300 artículos, tesis, congresos, capítulos de libros y libros que tienes, creo y sólo creo que no vas a entregar la tesis a tiempo. Al menos no en este tiempo.

No quiero leerlo TODO, pero sí tener una idea de los temas más importantes. 

Ah... Vale, vale. Por eso te has tirado 4 meses haciendo una revisión bibliográfica.

Y suerte que me dio por parar porque sino ahí sigo. Por cierto, ¿me vas a volver a interrumpir?

Llevo más de un mes sin poder hablar con nadie, tengo que recuperar el tiempo perdido. Si quieres que no te interrumpa, explícate mejor...

Jódela. Tengo yo la culpa de que me preguntes.

No te entretengas y sigue escribiendo que a este paso no escribes el post que tantas ganas tienes de escribir.

Resumiendo lo que quería escribir en el primer párrafo del post, cuando iba a una clase estuve pensando explícitamente cómo enfocar las entrevistas con los alumnos. Son alumnos míos de clases particulares lo que me permite  tener un tipo de conversación diferente al que tuve cuando realicé las entrevistas a los profesores. 

Es un contexto de entrevista diferente al contexto que estamos acostumbrados a trabajar, a conversar, a comunicarnos, aunque es cierto que contamos con la ventaja de conocernos y eso facilita, al menos en mi caso el realizar la entrevista. 

No he realizado todavía ninguna entrevista a los alumnos pero sé que no va a ser igual a ninguna de la que he realizado a los profesores, al igual que hay diferencias entre las propias entrevistas a los profesores y espero que ocurra lo mismo en los alumnos. 

Va a ser diferente por muchos motivos y que justamente tienen que ver con los temas que quiero trabajar y que antes concreté. Mi desarrollo personal en cada una de las entrevistas no es igual (y espero que continúe así), al igual que mi desarrollo profesional y que el tipo de relaciones que establezco en función del rol que asumo que tengo dentro del propio contexto educativo. Es decir, no me dispongo igual cuando entrevisto a un profesor, a un profesor que me ha dado clase, a un profesor que me ha dado clase y tengo otro tipo de relación a parte de la profesional, a un alumno, a un alumno que he dado clase o  a un alumno que he dado clase y tengo otro tipo de relación a parte de la profesional. Y aquí entran en juego, en mi caso, muchos matices que me permiten dinamizar y notar cómo me afecta a la hora de afrontar una entrevista.

Los niveles de conciencia también influyen pero es uno de los temas que tengo que revisar y analizar en profundidad. 

La primera entrevista fue a finales de 2015 a una profesora que me había dado clase años anteriores y la última fue a mediados del 2017 a una profesora con la que había realizado las prácticas hacía dos años. En total hice 6 entrevistas oficiales, extraoficiales son muchísimas y muy enriquecedoras también. 

Siguiéndole dando vueltas a todo esto y haciendo mis propias conexiones, me acordé de mi escena favorita de "Star Wars: los últimos Jedi", en la que...

¡NO ME JODAS! Has montado todo esto para hablar de una frikada de las tuyas.

Afirmativo. Espera, no era una pregunta. Me comprendes.

Desearía no hacerlo...

La escena que más me gusta, por no decir la única que me gusta, es en la que están Luke y Yoda. Pese a que no me gusta en general los diálogos de la película, los de esa escena me encantan. Para mí, hablan sobre 3 cuestiones importantes y las comenta justamente Yoda.  

La primera es para qué Luke se lee los libros, una sorpresa para Yoda. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo iba a hacer? ¿Qué sentido tenía para él leer esos libros? ¿Si no tuviera la experiencia que tiene y fuese quien es, los hubiese leído? ¿Por qué Yoda se sorprende por haberlos leído?

La segunda es cuando hablan de los fracasos como oportunidades de aprendizaje, sin los cuales no tendría sentido el aprendizaje. ¿Qué es un fracaso? ¿Qué es un aprendizaje? ¿En qué se parecen? ¿En qué se diferencian? ¿Qué, quién, cómo y para qué se conexionan?

La tercera es cuando hablan explícitamente de la relación entre maestro y el alumno, comentando algo así como que el alumno es capaz de llegar hasta donde el maestro es capaz de hacer llegar. No es así justamente la frase pero en esencia para mí ese es su significado. Me llaman la atención dos cuestiones: la facilidad con la que se atribuyen los roles de maestro y alumno y los límites entre ambos roles, viéndolo incluso condicionante y estático. ¿Qué papel juega el desarrollo? ¿Qué tipos de relaciones pueden establecerse entre alumnos y maestros? ¿Se entiende de manera diferente las relaciones entre mentor-discípulo, docente-discente, profesor-estudiante, maestro-alumno?¿Qué tipos de profesores hay? ¿Qué tipo de alumnos hay?¿Cómo influye la relación que se establece entre ambos y el propio proceso de aprendizaje que cada uno desarrolla?


miércoles, 26 de julio de 2017

Llegar a saber sabiendo lo que sé (ahora)

¿No tienes otra cosa mejor que hacer?

Por tener, tengo que hacer cosa pero no quiero hacerlo, prefiero escribir.

¿Por qué?

Porque quiero.

Así que antes no escribías porque no querías.

No quería o no podía o una mezcla de las dos.

Con lo tranquilo que estuve estos meses sin que pasases por aquí...

Lo que echaba de menos escribir por aquí...

Si no lo hiciste, fue porque no quisiste.

¿No me lees?

No especialmente.

Quise escribir pero no tuve tiempo.

Eso son excusas.

No, ahora tengo tiempo y escribo.

Sólo lo haces por joderme.

Puede que lo haga por eso. Una pregunta...

Ya estamos...

¿Por qué hay veces que me preguntas cuando estoy escribiendo un post y otras no?

¿Y me lo preguntas a mí? Como si pudiera elegir hablar contigo...

Si no quieres, no lo hagas.

Ñe... Ya puestos... Así me dejas de molestar durante unos meses.

Tú tampoco eres fácil de tratar. 

¿Vamos a discutir otra vez sobre eso?

Tú sacaste el tema...

Pues lo guardo otra vez. ¿Y ese título?

¿No te gusta?

¿No es un tanto lioso?

¿A ti te lo parece?

¿A ti no?

Me parece que está incompleto.

No tiene ningún sentido la frase.

Quizá no para ti...

¿Qué sentido tiene para ti?

Las limitaciones que muchas veces nos ponemos a nosotros mismos nos permiten ver y aprender desde un único punto de vista.

¿En serio?

¿No es evidente?

En tu mundo sí, en el de los demás...

Lógicamente, cada uno está en disposición de saber o llegar a saber lo que puede, quiere, necesita o pretende saber condicionado por muchos factores.

¿Cómo?

No es tan complicado.

No lo dudo pero creo que estás haciéndolo más complicado de lo que realmente es. No es la primera vez que te pasa.

Ni será la última.

¿Cómo sabes lo que sabes?

Sé que lo sé.

Pero no siempre sabemos lo que sabemos.

Sé lo que sé, pero no puedo saber lo que no sé. Cuando lo sé, dejo de no saberlo. 

Pero mi duda es, ¿puedo saber algo sin saber que lo sé?

Sí, puedes saber aquello que estás en disposición de saber, y no, porque no es tan fácil con aquello que está "fuera de tu alcance".

Entonces no te predispones siempre de la misma manera para saber porque no siempre sabes lo mismo. 

Eso es.

Otra vez la misma pregunta ¿cómo sabes lo que sabes?

Hay muchas maneras de saber y ninguna es estática ni pura. Existen muchas corrientes epistemológicas pero no dejan de ser senderos distintos para explicar la teoría del conocimiento. Una de mis favoritas en el instituto cuando di Filofosía era la Teoría de las Ideas de Platón. 

O sea que no sabes cómo sabes lo que sabes.

Claro que lo sé. Pero no es algo fácil de explicitar ni de generalizar porque según lo que quiera saber, lo hago de una manera u otra. Por ejemplo, dos conceptos que se relacionan con el saber son enseñar y aprender. Cuando doy una clase sobre algo que sé, sé cómo he llegado a saber ese algo pero también sé que la otra persona o personas no necesariamente van a realizar el mismo proceso que yo para llegar a saber ese algo porque no tienen porqué saber lo que yo sé. 

Pero si tú enseñas algo, el otro o los otros aprenden ese algo.

O no.

Se supone que sí.

Ahí estás asumiendo que sí pero no es así. De ser como tú dices la vida sería más fácil y aburrida. Todos podíamos llegar a saber lo mismo, en el mismo espacio de tiempo, a la misma edad, en cualquier lugar del mundo. No existirían distintas maneras de enseñar ni entender el proceso de enseñanza-aprendizaje de ser así. Por suerte no ocurre.

¿Suerte?

Me gusta pensar que cada persona es única y que cada proceso que lleva a cabo, por el hecho de ser proceso, también lo es. 

martes, 18 de julio de 2017

14x16



Si no sabes sumar, no sabes restar. Si no sabes sumar, no sabes multiplicar. Si no sabes sumar ni restar, no sabes dividir. Porque la resta es la operación inversa a la suma. Porque multiplicar es una suma sucesiva de un mismo número. Porque dividir es sumar sucesivas veces un número sin pasarte para llevar a otro y restarlos. Al menos eso dice la teoría. En la práctica no siempre es así. 

Sumar un número sucesivas veces es algo relativamente más fácil que sumar distintos números. Por ejemplo,  multiplicar 1x1458970000 es relativamente más fácil que sumar 1458979999+1. Aunque a nivel teórico la multiplicación sea más compleja que la suma, no siempre ocurre así. Pero es cierto que la relación entre suma y multiplicación te permite comparar y desarrollar las estrategias que llevas a cabo para resolverlas, sobre todo porque los procesos que te permiten obtener el resultado son progresivamente más complejos. Con lo cual puede resultar difícil establecer la diferencia entre 2+2 y 2x2 porque el resultado es el mismo, aunque la manera de operar en cada caso sea muy distinta. 

Igual que hay estrategias a nivel de contenido, hay estrategias a nivel de procedimiento y actitud.

Por ejemplo, ¿cuánto es 14x16? No hace falta que lo mencione pero es preferible que se haga a mano o mentalmente, sobre todo por dos motivos. Primero porque generalmente aprendemos a operar por automatismos y no siempre nos centramos en el proceso que realizamos  y si se puede realizar el proceso de manera más simple sin necesidad de hacer la operación en sí, sino otras. Segundo porque trabajando con adolescentes me he dado cuenta de que su recurso por excelencia es el móvil o internet para absolutamente todo, con lo que pensar deja de tener importancia al darte todas las respuestas que quieras. Internet tiene muchas respuestas a una misma pregunta  y generalmente se suelen quedar con la primera respuesta al buscar en Google. 

Así que, ¿cuánto da? Me da absolutamente igual lo que os dé. 

¿Cómo lo habéis hecho? La operación a la que estamos acostumbrados desde pequeños o de otra manera. No me importa mucho el resultado porque un número cualquiera, será por números. Pero sí que es importante para mí cómo se hace. La primera vez que hice la operación fue como me enseñaron a hacerlo en el colegio. Justamente pensando en cómo quería escribir el post me he dado cuenta de que hay otras maneras de resolverlo. 

[(14x30)/2] +14
[(16x30)/2] -16
...
...


Hay más, pero de entrada se me ocurren esas. Recuerdo repasando las tablas de multiplicar con un niño de 2º de Primaria que me pasó una cosa muy curiosa. Tenía que hacer 3x9  y había empezado a recitar la tabla entera. Con lo que para ayudarle de dije que cuánto era 3x10 y me contestó que así no valía. Me sorprendió mucho su respuesta pero me dio mucho en lo que pensar acerca de cómo se ele estaba enseñando a operar. Sobre todo porque desde mi punto de vista se pierde una parte esencial del aprendizaje y de la manera de desarrollar estrategias para aprender de otras formas y qué sentido tiene aprender de maneras distintas.

Quizá a simple vista parezcan operaciones más complejas que la inicial pero el resultado no deja de ser el mismo. Si priorizamos el resultado, da igual el proceso que sigas mientras el resultado esté bien. Hay muchos profesores que priorizan este hecho y pierden una gran cantidad de información. Por ejemplo, me hace mucha gracia los problemas que vienen con las soluciones abajo porque limitan la manera de pensar, al menos a mí me pasaba. El problema estaba bien si conseguías llegar a ese número, daba igual que no entendieras lo que estabas haciendo con la información que tenías del ejercicio, aprobabas o suspendías si llegabas a él o no. Eso sí, aprender no es que aprendieras mucho, al menos desde mi punto de vista.

Hace unas semanas, en la última sesión de una de las clases particulares antes del parón de vacaciones, me pasó una cosa muy curiosa justamente con esta operación. En el caso de las matemáticas suelo implicarme mucho en hacer yo también las operaciones por dos motivos: hacer la operación con ellos y evitar que usen la calculadora o cualquier instrumento que les impida hacer la operación y observar cómo operan para saber si tienen dificultades a la hora de realizarlas. 

En esa sesión, hubo una dificultad: que no la hizo directamente. Con lo que se valió de que la había hecho yo y al preguntarle cuánto le daba, me dijo el mismo resultado que yo había obtenido. 

Eso me hizo pensar en si lo había hecho él o me lo había visto a mí. Hay veces que se queda muy pensativo y de repente suelta la respuesta. Pero en ese caso no me fiaba del todo sobre todo porque sabía que tenía dificultades a la hora de operar por números de dos cifras. Asi que comprobé.

En la siguiente operación, que no recuerdo cuál era, hicimos lo mismo: yo hice la operación en una hoja y él la hizo mentalmente. Mi manera de comprobar fue hacerlo mal y él volvió a decir mi resultado pero en este caso le dije que no me daba eso. Por lo que él mismo empezó a hacer la operación en la hoja que le había dado al principio de la clase pero que no había utilizado. Sin decirle nada. ya estaba todo dicho. Su cara al decirle que no me daba eso era un poema y me sirvió para que se diera cuenta de que no tenía que fiarse de mí y que me estaba dando cuenta de lo que estaba haciendo. 

Hay veces que me hago la tonta y hago como que no me entero, sobre todo las primeras veces. Normalmente, ellos se dan cuenta y no tengo que hacer más explícito lo que ha pasado en parte porque no suelen ser muy sutiles haciéndolo y en parte porque con la práctica estoy logrando cierta sensibilidad a notar este tipo de procesos y a generar un tipo de cambio en ellos que no suelo explicar cuando ocurren, si no lo considero oportuno, pero sí que lo hago en algunas ocasiones. 

sábado, 15 de julio de 2017

¿Vas a venir mañana?



La docencia no deja de sorprenderme y espero que lo siga haciendo por muchos años. Es cierto que cada año de carrera aprendí distintos contenidos conceptuales, actitudinales y procedimentales, distintas maneras de entender la relación entre alumno-profesor, las distintas facetas o roles profesionales que conlleva ser profesor, maneras de afrontar situaciones disruptivas tanto con alumnos como compañeros de trabajo y la influencia que tiene el contexto, el lugar y el tiempo en el que ocurren, la forma en la que se interpreta y considera el trabajo que cada uno realiza, es decir, lo que forma parte de su trabajo y lo que no, lo que antes sí se incluía puede que ahora no se incluya y viceversa y eso implica cierto margen de maniobra o no en la docencia, y en cualquier profesión. 

Hay veces que realizas tu trabajo porque te sientes en la obligación de hacerlo pero no es el trabajo que te gustaría hacer, otras veces porque te gusta lo que haces y no lo ves como una obligación sino como algo que deseas hacer incluso hay otras veces que no es ninguna de las dos opciones porque existen matices en cada una de ellas. No todo es blanco o negro, no es todo o nada, sobre todo en ese ejemplo porque lo que importa eres tú.

A nivel personal, y siendo consciente de la influencia familiar y social que tiene para mí el concepto de trabajo, tal y como entiendo la docencia ahora mismo, de manera muy distinta a cómo la entendía antes, durante y después de la carrera, no considero que mi trabajo sea de profesora. Soy profesora pero no trabajo como profesora. 

Para mí el trabajo contiene una connotación negativa en cuanto a que lo relaciono con la obligación de hacer algo que no quiero aun sabiendo que voy a salir beneficiada. Trabajar implica recibir un salario, en el mejor de los casos. Yo no trabajo de esa manera. No como profesora al menos. 

Ser profesora me ha permitido darme cuenta de cómo entiendo yo mi trabajo, que no depende exclusivamente de mi progreso y mi proceso sino también el de mis alumnos, el de los profesores que me han ayudado a  entender la docencia desde otro punto de vista y el de otras personas que han sido importantes para mí en otros ámbitos de mi vida. 

Pero sin duda el aprendizaje más valioso que he aprendido tanto directa como indirectamente es que nunca doy dos clases iguales. Uno de mis mayores miedos al iniciar la carrera de magisterio era que consideraba que la profesión de profesor se caracterizaba por ser rutinaria y estática, visto desde fuera o desde la vista de alumna. Los contenidos eran los mismos, el centro era el mismo, los compañeros y los alumnos variaban pero no había grandes diferencias en cuanto a su manera de afrontar su trabajo. Lo veía fácil y sin mucho sentido por ser repetitivo. ¡Qué ilusa era!

Ese aspecto es el que más me gusta de la docencia, esa variedad de matices que hay entre lo que soy capaz de controlar y la incertidumbre, entre lo que sé y lo que puedo llegar a saber, entre lo que soy y lo que puedo llegar a ser, entre lo que quiero y lo que puedo llegar a querer... Sé la profesora que soy, que quiero y que sabe ahora y sé la profesora que quiero llegar a saber, lo que quiero llegar a saber en este momento, pero también sé que no va a ser lo mismo que quiera ser y saber en unos años porque yo voy a ser distinta a la que soy ahora, mi experiencia va a ser distinta a la de ahora, lo que sé y lo que desconozco va a variar. Ahí reside la fortaleza de ser profesora, al menos para mí. 

Si lo que me hace ser profesora ahora mismo, que es respetar los procesos de aprendizaje atendiendo a las necesidades específicas de cada uno, lo hago de la misma manera a lo largo de mi carrera profesional, sabré que algo he hecho mal, no lo he llegado a comprender o no tengo los suficientes recursos como para hacerlo de otra manera. Puede que los tenga pero que no los sepa utilizar o no quiera utilizarlos. 

Si de algo me he dado cuenta estos meses, es que mi formación profesional empezó hace 5 años, no sé si al mismo tiempo que mi carrera profesional, pero ahora no entendería ambos procesos de manera aislada. Haga lo que haga, me dedique a lo que me dedique el aprendizaje y el desarrollo profesional y personal son procesos dinámicos que siempre me van a acompañar. 

Me encanta la docencia porque está llena de matices y de pequeños detalles que marcan la diferencia tanto para un alumno como un profesor. Un mismo hecho se interpreta de maneras muy distintas según la disposición ante la situación, la relación con la otra persona, el momento en el que estés y los procesos paralelos que cada uno de ellos están llevando a cabo.

Siempre me refiero a dos personas en el proceso de aprender porque normalmente doy clases particulares, lo que es una gran limitación a la hora de atender a una clase entera pero que me permiten tener cierta sensibilidad a notar procesos muy sutiles que en una clase de 30 o 100 personas pasan desapercibidos. O al menos pierdes información y perspectiva cuando tienes más alumnos que cuando tienes uno o dos solamente.

Este año recuerdo especialmente dos experiencias similares donde yo era alumna y profesora. Ambas situaciones las viví en un corto periodo de tiempo en la que tenía mucho estrés por tener que compaginar las clases particulares y el final de las clases del máster, todo ello acompañado del estrés de los meses anteriores. Eran dos momentos distintos  de evaluación de unas sesiones en cada uno de los contextos de clases particulares y de clases de máster.

La evaluación de las sesiones de las clases particulares es uno de los momentos clave, sobre todo por el momento en el que elijo hacerlas y cómo las hago. Evalúo a la vez que me evalúan pero no cuantitativamente. Lo que me permite conectar con los alumnos de otra manera y poder contrastar con ellos cómo han ido las clases particulares no en función de los resultados obtenidos, sino en función de  nosotros mismos. Tener un espacio y un tiempo para hablar de las propias sesiones, de cómo hemos ido realizando las clases condicionado principalmente por épocas de exámenes o trabajos u otros aspectos que hayan podido influir en cómo hemos trabajado y compartirlo. 

Desde mi experiencia es algo que empecé a hacer de manera más o menos improvisada pero que me gustó mucho hacer en vivo y en directo porque como alumna no he tenido muchas oportunidades de hacerlo y creo que el hecho de compartir los procesos que ocurren simultáneamente y comprobar lo que uno pueda pensar del otro es positivo para la relación entre ambos. 

Y así fue hace un par de semanas. El chico no quería dar clases particulares y eso lo notaba por lo que decidí hablar sobre eso en la sesión.  Al principio lo negó pero luego reconoció que era por su bien.

En cambio, la segunda evaluación de una de las últimas sesiones de una asignatura del máster fue distinta por dos motivos: no me resultó tan desafiante como las sesiones previas, por lo que la evalué con puntuaciones bajas, y porque generé un cambio que no quería en mi profesor, porque no se esperaba que mi evaluación fuera así. 

Para mí esa sesión fue distinta a las demás, al igual que para mi profesor, pero desde mi punto de vista fue mucho más sencilla porque estoy acostumbrada a percibir lo que entendí que él quería enseñarnos ese día, motivo por el cual mi evaluación fue la que fue. Es curioso porque mi profesor no suele explicitar ese tipo de cuestiones, lo que no deja de ser algo significativo, y me llamó la atención que en ese momento sí que lo hiciera y en las otras sesiones donde había puntuado alto en ese mismo cuestionario a las sesiones previas que para mí habían sido más densas que esa. ¿Por qué en las otras sesiones no lo había considerado importante y en esa sí?

Estos son algunos de los misterios de la docencia que me encantan...

domingo, 30 de abril de 2017

Distinciones lingüísticas



Hace unos meses, estudiando con mi niña para un examen de Música, estábamos respondiendo a las preguntas. Las respondía ella mientras observaba lo que respondía y cómo lo estaba respondiendo. 

En la primera pregunta, se pedía que explicara lo que es el canto gregoriano. Ella lo entendió como dar una definición, la que daba el libro, y así lo hizo. Cuando quiso ponerse a responder a la siguiente pregunta, le pregunté qué significaba un concepto que estaba implícito en la definición y para mi sorpresa me dijo que eso no había que explicarlo porque no lo pedía el enunciado de la pregunta.

Buena contestación pero no a la pregunta que le había planteado. Insistiendo le volví a preguntar sobre qué significaba y se puso a buscar. Tras encontrarlo, supimos a lo que se refería. Y su duda fue qué incluir en la respuesta; el concepto o el significado de concepto. Decidió hacer una pequeña puntualización de cada concepto que fue apareciendo. 

De entrada, preguntarle sobre esos conceptos que estaban implícitos dentro de la definición que había dado inicialmente le hizo pensar sobre ello y de ahí tomar la decisión de ir más allá de la definición del libro de tal modo que entendiera lo que estaba explicando. 

A lo largo de estos meses, hemos ido trabajando en este tipo de conceptos que tienen conceptos implícitos y sobre todo porque es capaz de entenderlos y darles sentido, e incluso elaborar sus propios conceptos a partir de los aparecen en el libro o en los apuntes que le proporcionan los profesores. 

La primera vez que estuve en la asignatura de Counselling fue hace un par de años, cuando estaba en la carrera y el modelo que estuvimos viendo esta semana no era nuevo para mí, de hecho me he dado cuenta de que no lo entiendo igual ahora que antes, al menos no le doy el mismo significado que cuando lo vi por primera vez, sobre todo porque creo que estoy en una posición diferente para entenderlo y dotarle de sentido que años atrás. Y eso es algo que variará con el tiempo, pero principalmente por mí.

En mi experiencia anterior, estaba trabajando cuestiones relacionadas con el nivel de detalle a la hora de explorar en el ámbito educativo. No deja de ser un ejemplo de una exploración sobre cómo se organiza para aprender algo y para darle un sentido u otro. 

Para explorar lo que McWhirter puede considerar como asuntos, inquietudes o crisis desde un punto de vista educativo, es esencial que aquellos que se aprenden sean conscientes de que están aprendiendo, al menos para mí la clave es esa. Para mí una evidencia de que se está aprendiendo es ser capaz de ir más allá de un libro, de un punto de vista, de una perspectiva, de una concepción "objetiva" de un hecho y comenzar a construir tus propias concepciones. 

Por ello, para comprender los asuntos, las inquietudes y las crisis se pueden utilizar varios niveles de exploración que tienen como objetivo obtener la mayor cantidad de información relativa al caso en concreto. 

Quizá sea porque ya tengo muy interiorizado y asumido el modelo de exploración por haber participado directa o indirectamente en dicho él, ya sea conmigo misma o con otra persona, pero durante las sesiones de esta semana, he notado que me ha resultado relativamente fácil el modelo, aunque es cierto que hace unos años no habíamos entrado en las conexiones entre las equivalencias complejas y las inferencias y en su influencia en los juicios. 

Los juicios suelen ser o están influídos y contextualizados en las creencias, los valores, las interpretaciones, las expectativas y los ámbitos sociales más cercanos en los que se desarrolla la persona: familia, amigos, pareja sentimental, compañeros de trabajo, figuras de referencia, personas consolidadas socialmente, etc... Se tiende a pensar que los juicios son estables e inmutables pero normalmente no ocurre así.

De hecho, el otro día leyendo sobre aprendizaje transformacional a lo largo de la vida, explicaban que la mayor parte de los cambios por los que pasamos en nuestra vida las realizamos intuitivamente y no como consecuencia de un proceso de reflexión crítica. Lo que nos puede llevar a construir juicios inestables que no solemos ser conscientes de que los tenemos hasta que los exteriorizamos. En la asignatura de Psicología Social lo denominábamos disonancias cognitivas y se relacionaban justamente con las dificultades de interpretar la realidad. Se produce una alteración entre lo que sentimos o pensamos y nuestro comportamiento. 

Para mí, este tipo de situaciones en los que actúas de una manera diferente a la que piensas o sientes es un síntoma de un juicio inestable. Gracias a eso, podemos contextualizar el asunto (nivel de detalle), conocer el alcance y la influencia de la experiencia (nivel de ámbito) y establecer los significados y las relaciones de los elementos implicados en el caso (nivel de conexión). 

Tenemos y elaboramos juicios constantemente, pero no todos los afrontamos de la misma manera ya que no siempre contamos con la suficiente información como para poder indagar en ellos. Al tratarse de ciertos juicios que se encuentran contextualizados en ámbitos tan personales y a veces inaccesible hace que trabajar con ello sea más complicado de lo que parece a simple vista.

Hay juicios más estables que otros, más duraderos que otros, más fuertes que otros, más explorables que otros, más inaccesibles que otros porque justamente desmontan nuestra manera de entender el mundo en cuanto a relaciones sociales, a cómo me sitúo yo dentro del mundo, cómo me influye a la hora de relacionarme con las personas, a cómo me defino yo como persona en cada ámbito de mi vida. Es ese cambio, ese desequilibrio que se puede generar o esa manera que tenemos de percibir, afrontar, dar sentido e interpretar el cambio el que nos permite o nos limita a la hora de trabajar con el juicio. 

No sé hasta qué punto los juicios son irracionales o tienen una base racional inicial a partir del cual se va construyendo el juicio desde los modelos que asumimos como propios pero que generalmente son aprendidos y considerados como inmutables e inaccesibles y se pueda interpretar que un cambio de esos juicios conlleve dejar de ser quien uno es, asumiendo que uno siempre será como es y como ha sido. 

sábado, 15 de abril de 2017

Conversaciones inconclusas



Hace un par de semanas, mi padre quiso hablar conmigo. Hablar habló largo y tendido, de eso no tengo la menor duda. Lo que no sé es qué pretendía con esa conversación, o lo que él estaba entiendo como una conversación.

La "conversación" empezó porque en un programa de televisión estaban hablando sobre la educación, más concretamente en cómo aprenden los alumnos. O al menos esa era la información que tenía de partida. Una de las personas que hablaban sobre el tema era un profesor de Matemáticas de una universidad y una cómica que se había formado como profesora y tenía familiares que se dedicaban a la docencia.

El argumento que defendió el profesor de Matemáticas es que para que los alumnos aprendan algo deben esforzarse, ya que sin esfuerzo no hay recompensa. Mi padre apoyó aferrimamente este comentario porque estaba dando por sentado primero que la premisa era cierta y segundo que la recompensa era aprobar. Lógicamente, para él, aprobar es una consecuencia de estudiar y esforzarse. 

Como pensé que era una conversación, le dije que esa frase parte de un planteamiento educativo, a lo que él me respondió que nadie puede aprender nada sin estudiar ni esforzarse y que no le dijera nada que él no comprendiera.

En ese momento, me di cuenta de varias cosas: ya comprendí porque estaba de acuerdo con ese planteamiento y realmente no quería hablar, sino convencerme de que estaba en lo cierto él y equivocada yo pese a no querer escuchar mis argumentos. 

Su argumento "irrefutable" era que la educación no ha cambiado porque sólo hay una manera de aprender. Lo que me llegó a cuestionarme qué se piensa que he estado haciendo durante estos casi 3 años que llevo con la investigación en el ámbito educativo y en mi periodo de formación como profesora de más de 4 años. 

Entiendo que lo perciba así porque él apenas estuvo 10 años en el colegio y salió del sistema educativo sobre el año 1973. En esos años, la escuela era muy diferente a la actual y desde su punto de vista comprendo que tenga sentido el argumento de quien no estudiar ni se esfuerza no aprueba y que sólo se aprende de una determinada manera.

Mi padre con 14 años empezó siendo aprendiz de un sastre y le pregunté cómo había aprendido a coser, a hacer patrones, a hacer marcadas, a diferenciar entre los distintos tipos de telas y colores que hay y que tuvo que aprender para convertirse en quien es actualmente. Eso lo tuvo que aprender pero no a través de un libro ni en el contexto escolar.

Pero ese argumento no le convenció porque, según él, yo le estaba llevando a mi terreno. En ningún momento le dije que ese planteamiento estuviera mal, sólo le dije que era un punto de vista diferente al que tengo yo como profesora. 

Me resultó curioso que quisiera mantener una conversación conmigo pero ni siquiera se esforzara por saber mi opinión.  De ahí que no entendiera  que estábamos manteniendo una conversación. No sé si eso tenía que ver con que rebatiera su punto de vista, que no estuviera de acuerdo con lo que decía o que le molestase que pudiera tener razón en lo que estaba diciendo.

Una de las ventajas que tenemos la mayoría de nosotros es que hemos recibido una formación académica, sea del nivel que sea. Podría decirse que hemos sido alumnos. Y tenemos experiencias directas e indirectas de lo que es la educación, al menos desde nuestra postura como alumnos. 

Otros también hemos recibido formación como profesores de distintos niveles educativos, algo que mejor o peor nos proporciona una visión diferente de lo que implica ser profesor tanto dentro como fuera del centro educativo y que nos identifica como docentes. 

Incluso se puede realizar una formación para los formadores de los profesores de las distintas etapas educativas, para lo que se necesita adquirir y desarrollar cierta complejidad cognitiva, social, emocional, psicológica e intelectual, al igual que en las anteriores formaciones. 

Gracias a esa formación que recibimos los profesores, damos sentido a lo que hacemos, cómo lo hacemos y los motivos que nos llevan a ello. La docencia no es fácil, de igual forma que tampoco lo es aprender ni mucho menos enseñar.

Constantemente estamos aprendiendo aunque no siempre seamos conscientes de ello. Podemos darle un sentido u otro, pero no podemos renunciar a aprender a lo largo de la vida. 

viernes, 14 de abril de 2017

Fracasos que se convierten en experiencias generativas



Hace un par de semanas viví lo que interpreté, durante y sobre todo después, como un fracaso no sólo profesional sino personal. Es curioso porque sufrí y padecí la situación como si fuera algo negativo, al menos más de lo que realmente fue, lo que sin duda fui consciente mucho después.

No era la primera vez que no conseguía mantener en silencio una clase, pero en las anteriores ocasiones había logrado que su actitud cambiara con la mía. Además lo había hecho yo sola, sin que ningún otro profesor tuviera que ayudarme. Algo que no pasó esa vez y quizá por eso me lo tomé más a lo personal y le di más relevancia de la que realmente tenía. 

Me enfadé conmigo misma por muchas razones: no ser capaz de calmar al grupo, tener la sensación de que me estaban vacilando y no poder haber hecho nada al respecto, utilizar castigos con los que no estoy de acuerdo como profesora, no haber sido capaz de controlarme a mí misma ante ese tipo de situaciones, que me llamaran la atención directa e indirectamente y haber salido de la clase de la forma en la que lo hice.

Salí de clase porque fue la única opción que me planteaba en ese momento, y actué como actué por la misma razón. A partir de ahí decidí actuar de otra manera, evitando esas situaciones. Durante las siguientes sesiones no estaba en clase a no ser que estuviera alguien. Aquella vez no fue la única que estaba sola con los chicos pero no quería tener una experiencia similar a la vivida primero porque no sabía conectar con los alumnos, segundo porque tampoco había interactuado mucho con ellos y tercero porque no contaba con los suficientes recursos para hacer frente a esa situación y no estaba dispuesta a exponerme de nuevo.

Había un detalle que pasé por alto: la manera que tenía de calmar al grupo lo había utilizado en Primaria pero no contaba con la experiencia en Secundaria. Pese a ser de 1º la estrategia no funcionó. La siguiente vez que estuve en clase con ese grupo fue diferente tanto por su parte como por la mía. 

De hecho, la última clase a la que fui en las prácticas fue con ese grupo. Y como era mi último día, la profesora propuso que me escribieran una carta de despedida. Me llamó la atención la idea, sobre todo porque algunos dieron su opinión acerca de lo que pasó: unos me pidieron perdón por cómo se comportaron, otros me dijeron que había sido demasiado estricta, otros que les había conocido en un momento malo y el resto, la mayoría, ni siquiera mencionó lo que pasó. 

El motivo principal por el que interpreté el incidente como un fracaso fue por cómo reaccioné durante y después de lo que sucedió. Cuando entró la profesora y les dijo a los alumnos que estaban montando mucho jaleo, asumí la culpa porque entendía que yo era la responsable de lo sucedido y decidí irme. Al principio sólo me fui de la clase pero luego me fui del instituto sin despedirme de la profesora. Me sentí frustrada e impotente al mismo tiempo y necesitaba irme. 

Luego la profesora me llamó para darme las gracias por haber cuidado a la clase y yo la pedí perdón por lo sucedido. Pero aún así, su llamada no me hizo sentir mejor porque sabía que no había actuado correctamente. No sé si tiene sentido el término de "actuar correctamente", actué de la mejor manera que supe en ese momento, otra cosa es cómo evalúe la manera en la que lo hice. 

Pero la evaluación inicial fue muy distinta a la que hago actualmente. Primero porque cuento con más información que antes. Segundo porque el hecho de haberlo vivido me da cierta perspectiva de lo que hice, cómo lo hice y por qué lo hice. Tercero porque eso generó un cambio en mí y en los alumnos. Cuarto porque lo vi como una oportunidad para aprender a utilizar los recursos y aprender nuevos para las siguientes experiencias similares. 

Como me enfadé con ellos porque no se callaban, les mandé copiar aprovechando que estábamos en la biblioteca. Algo que iba en contra de lo que considero que es la educación, pero que hicieron mientras hablaban. Quería que rompieran la hoja pero entró la profesora y no continuamos con lo que estábamos haciendo. 

Para mí lo importante no fue, ni es, encontrar los recursos para solucionar el problema, principalmente porque creo que la base inicial era no tener una relación con los alumnos a partir de la cual trabajar y sentir que no tenía el rol de profesora en ese momento. Sino qué podíamos aprender todos de esa situación, más allá de las percepciones que tuviéramos cada uno de lo que sucedió. Y eso era algo que quería explorar mientras que estaba sucediendo y que hicimos durante esa sesión. No sé hasta qué punto lo conseguimos pero al menos fue un comienzo para analizar este tipo de situaciones.